Érase una vez un niño pastor que vivía en un pueblo pequeño; su trabajo era cuidar y proteger, sobre todo de los lobos, las ovejas de los vecinos del pueblo. El día a día de este pastorcito era una continua rutina; todos los días se levantaba temprano para recoger las ovejas de los vecinos y llevarlos al valle de al lado a pastar. Los aldeanos confiaban en él para cuidar del rebaño hasta que un día, por el aburrimiento que le causaba su vida rutinaria, decidió gastarles una pequeña broma aparentemente inofensiva; con lo cual, mientras las ovejas pastaban, el niño empezó a gritar: ¡un lobo, un lobo se está llevando el rebaño, ayudadme!
Los aldeanos dejaron rápidamente lo que estaban haciendo para ir a ayudarle al pastorcito, pero cuando vieron que se trataba de una broma, se enfadaron mucho con el pastorcito, ya que este se estaba riendo al ver la preocupación de los vecinos por la supuesta aparición del lobo. Al día siguiente el pastorcito decidió gastar la misma broma a sus vecinos, y se lo pasó muy bien riéndose al ver que éstos otra vez habían mordido el anzuelo.
Pasados algunos días, el pastorcito volvió a su puesto de trabajo y para su sorpresa, apareció el lobo con la intención de llevarse a las ovejas. El pastorcito empezó a gritar pidiendo ayuda a los vecinos, pero esta vez, nadie le creyó; el pastorcito se quedó llorando al ver que el lobo se había llevado todas las ovejas; en esta ocasión, las únicas risas fueron las del lobo y el pastorcito aprendió que no debía decir mentiras.
En los pueblos pequeños pasa mucho de esto; todo el mundo nos conocemos entre nosotros y esto facilita a la hora de discriminar la gente que miente de la gente que dice la verdad. Cuando alguien miente tarde o temprano se le cae el antifaz y sale a la luz la verdad; es entonces cuando la gente empieza a comentar de las mentiras que dice tal o cual persona y esto conlleva necesariamente a ir por la calle etiquetada; la gente te señala descaradamente, todos desconfían de ti, y tu nombre andará de boca en boca hasta que cualquier otra persona haga algo peor y los vecinos se ensañen contra él. En los pueblos también hay modas y cada moda llega a su fin con la llegada de cualquier otra novedad, la nueva temporada; es decir, que para que dejen tranquilo a uno, hay que reemplazarlo por otro.
Aún y todo, también en los colegios de los pueblos nos enseñan desde muy pequeños que a quien miente, le crece la nariz; que a quien se porte mal (sobre todo con la llegada de la navidad), el olentzero le dejará carbón; que a quien no vaya pronto a dormir el coco (un monstruo malo) le llevará con él a su casa. Pues sí, son las típicas mentirijillas piadosas que sirven como criterio y argumento para que los niños aprendan la importancia de ir por la vida con la verdad por delante.
Todo el mundo sabe lo importante que es siempre decir la verdad, pero todo el mundo miente a lo largo de sus vidas, por muy piadosa que pueda ser esa mentira; y esto me recuerda justamente a un artículo que leí ayer en el periódico: el precio de no saber inglés “todos lo ven importante, pero casi nadie lo estudia”. En este artículo publicado el 29 de enero (domingo) en el Diario de Navarra, el presidente del Consejo General de Colegios de Economistas, Valentín Pich, afirmaba que “9 de cada 10 españoles adultos consideran muy importante conocer alguna lengua extranjera, pero no estudian ninguna”.
En teoría todos sabemos lo que está bien o mal, pero en la mayoría de las veces, no solemos llevarlo a la práctica. En mi pueblo se suele decir que “no hagas a los demás lo que no quieras que ellos te lo hagan” pero aún y todo, a la gente le encanta hablar, les gusta opinar, poner etiquetas, cotillear. La única forma de que la gente no hable de ti es quedándote en casa, pero esto evidentemente es imposible. Y por lo tanto, ante la imposibilidad de callar muchas bocas, lo más sensato es ir siempre con la verdad por delante, ser honestos, no hacer a los demás lo que no quieras que te sea devuelto, ser justos y correctos.
En el pueblo hay muchos jueces, aunque no hayan estudiado ninguno derecho, y así como a muchos les toca ser condenados, también debo decir que en el pueblo no todo juez es corrupto, porque también queda gente digna, justa, que le da a cada quien el lugar que se le corresponda, y mientras unos son condenados para un largo tiempo, también hay otros que suelen ser absuelto, absueltos de todo pecado, y en el mejor de los casos también suelen haber honrados.
Cada persona es un mundo, bajo las mismas condiciones y los mismos derechos, todos somos iguales, y por tanto, para todos es lo mismo teóricamente la discriminación entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, pero en la práctica, cada persona es un mundo, las formas de actuar varían, ya sea para bien o para mal; pero en el fondo, todos somos iguales, y sentimos cosas parecidas: si hablan bien de nosotros, nos alegramos y nos enorgullecemos, si hablan mal nos fastidia profundamente; si cometemos injusticias seremos castigados, si realizamos actos buenos seremos recompensados. Por ello, lo más importante es ser justos, correctos, y sobre todo, ser honestos y actuar siempre conforme a la verdad. De este modo el pastorcito aprendió la lección, y a partir de ahí siempre deseó decir la verdad.
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